La triste vida de las palomas

miércoles, 22 de octubre de 2008
No quiero ser paloma, no. Que quede claro. No sé si alguien de los que me leéis es el encargado de elegir quién o qué seremos en vidas futuras, si es que existe esa posibilidad. Si es así quiero pedirle, por favor, que no me convierta en paloma; gorrión me vale, hasta cuervo ya que el negro estiliza; pero paloma no, por favor.

Dos son las razones fundamentales para no querer ser rata alada:

  1. los cocodrilos me asustan, lo reconozco.

  2. las palomas no son nada organizadas, cada cual va a lo suyo; por eso no tienen ni agencias de viajes, ni tahonas, ni siquiera tiendas de todo a 1 euro. Es más, de hecho cuando se les ocurre morirse -y como no se les ocurre preparar con antelación su paso al cielo palomil- van y lo hacen en un tejado cualquiera.


Por suerte los gusanos sí son organizados y van allí donde mamá Natura les pide que se gusanicen.

Y no, gusano tampoco quiero ser, gracias. No llegaría ni un día pronto a trabajar... (A ver si va a resultar que soy gusano...)

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