Los pobres no cumplen años

martes, 25 de noviembre de 2008


Habría que empezar por definir quién es pobre aquí y quién no. Miguel ya sabemos que sí, que es probe, pero no es de Miguel de quien quiero hablar sino de María Griçelda.

María Griçelda es una niña que tenemos apadrinada desde hace algunos años a través de la Fundación Intervida. (La conciencia, que obliga a cosas como ésta y que, aún así, se niega a callarse. Ahí dentro, dale que le das, con la matraca.)

Durante estos últimos años la niña nos obsequia con dibujos que va realizando a lo largo del año, suelen ser en dos momentos: uno un poco antes de la Navidad, el otro... a lo largo del año. Más o menos. (Yo y mi memoria de pez.)

El apadrinamiento (o amadrinamiento, según se mire) funciona mientras la niña (en este caso) esté en período de escolarización. Cuando se le acabe la beca, pasaríamos a apadrinar-amadrinar a otro querubín, automáticamente, sin necesidad de escribir a París y esperar a que llegue la dichosa cigüeña. Así, sin más. Di-da.

No sabemos exactamente cómo funciona el sistema de escolarización de allí; de tan lejos como está Guatemala (el país de nuestra María Griçelda). Pero según datos que vamos rescatando de las conversaciones con personal de Intervida (hoy mismo, con una tal Marisol), suelen estar hasta los 14 años. Aunque depende de varios factores:

  • del país donde esté la niña. En este caso, Guatemala, eso ya lo sabemos

  • de la edad con que se escolarizase. Eso no lo sé yo y parece ser que tampoco ellos

  • de las veces que haya repetido curso. Que también lo deberían saber. Amos, digo yo


Raro raro, así que, hasta aquí... regulín, pero el pensar que la niña se puede quedar sin estudiar si decidimos anular nuestra suscripción nos ayuda a despejar nuestras dudas: seguimos, con la venda puesta, pero seguimos.

Y ¡ay! con esos regalos tan bonitos que nos hace todas las Navidades y que con toda nuestra ilusión colgamos colgábamos en la nevera... Y es que no admito que una niña de su edad se quiera quitar años.

Acepto que, sobre todo a las mujeres, no les guste decir su edad (es algo que está ahí, que no lo entiendo pero lo acepto.) A no ser que sea una mujer mayor... mayor, de esas que no cuentan los que han cumplido sino los que van a cumplir.
- ¿Cuántos años tiene, señora?

- En febrero haré 83.

Pero que con 12 años se niegue a cumplir más me parece excesivo. No es normal que en los regalos de las últimas 3 Navidades tenga la misma edad: 12 años. A este paso me la imagino ¡cuidando de sus nietos con 12 años!

Claro que se me ocurren varias explicaciones a este hecho insólito:

  • que María Griçelda tenga miedo pavor al número 13 y, como tampoco se atreve a cumplir dos años de golpe (esto es como cuando no nos atrevemos a adelantar a dos coches de golpe), se haya quedado estancada en los 12

  • que en Intervida hayan hecho pegatinas de más y, por no tirarlas, sigan utilizándolas en los dibujos de María Griçelda y en los de sus compañeros

  • que el tiempo en Guatemala se haya detenido (o que avance muy despaciiiito)

  • que nos estén tomando el pelo


Ya estoy empezando a sentir cómo la puñetera conciencia ésta comienza a alzar la voz en vista de nuestro próximo acto. Un placer haberte conocido, María Griçelda. A propósito, ¿cuántos años vas a hacer?

Dolor en el pecho

lunes, 24 de noviembre de 2008
¿No os ha pasado nunca que os despertais con un fuerte dolor en el pecho que os impide respirar? A mí no, pero a una amiga mia sí. De hecho esa noche apenas pudo dormir, nos contó. Lo primero que pensé fue en que, siendo una pareja joven y no pudiendo dormir... Pero no. Aquel dolor en el pecho impedía que la pareja disfrutara de su amor como Dios manda (Dios no dice nada de métodos anticonceptivos, sólo de amaros los unos a los otros), así que había que arreglarlo cuanto antes; y más pensando que el dolor podía ser un dolor patatero, es decir, un dolor causado por la patata... por el corazón: un infarto. ¡Válgame payo!

Raudos y veloces se dirigieron a la sección de Urgencias del hospital más cercano.
- Mire señorita enfermera, que tengo un dolor aquí, en el pecho...
- Me hago cargo. Pase a la salita y siéntese tranquila. Entrará vd. detrás del hombre aquel que tiene el tenedor clavado en la espalda.

Todavía tuvo que esperar unos interminables minutos en los que le dio tiempo a ver cómo llegaban un hombre con el baile de San Vito, una señorita con bata intentado disimular al vibrante perro enganchado por y a sus partes más obscenas, un chino vendiendo rosas y un Iñaki con 3 mochilas llenas de cedeses y deuvedeses. Sin embargo, esto no le sirvió para tranquilizarse.

Ya en el interior de las dependencias hospitalarias le hicieron pruebas de todo tipo: que si fotocopias, que si tocamientos, que si "Resopla fuerte", que si "Inspira más fuerte aún", que si camina por esta línea sin salirte, que si un test en euskera... Total que no le encontraron nada y se fue para casa pensando en lo que le había dicho el médico ojeroso de guardia:
- Habrá sido un fuerte golpe en el pecho.

- ¿Cuándo me habré dado yo un fuerte golpe en el pecho? -pensaba nuestra protagonista-. Quien se sube al armario y hace el grito de Tarzán (con sus correspondientes puñetazos entre ambas tetillas es él), pero esta noche no ha habido nada de nada porque hemos llegado tarde de la fiesta en casa de... en la que hubo ¡karaoke!

- ¡Txurli! ¡Que ya sé de qué me duele el pecho! He estado más de 4 horas cantando a pleno pulmón.

Así que ¿infarto? No, sobreesfuerzo producido al cantar.

P.S.: El test en euskera lo aprobó pero de la línea se salió en dos ocasiones. Ella lo achacó a que no llevaba un calzado con la suela adecuada, que el pavimento estaba resbaladizo y que la línea no tenía las dimensiones adecuadas. Milongas.

Los romanos nos invaden

jueves, 20 de noviembre de 2008
Me hago mayor. O vago. O mayor y vago... el caso es que leo poco; bueno, leer sí leo, pero sólo cuando los párrafos no son muy extensos y vienen acompañados de santos.

Es por eso que me gusta coger la propaganda del buzón y revisar las cositas que nos intentan vender y hoy, al hacerlo, he descubierto que los romanos nos están intentando invadir, tal y como lo hicieron hace ya algunos cientos de años. Que ¿por qué digo esto? Propaganda de Carrefour, página dos: lechuga romana.



Y un poco más abajo, y sin intención de esconderlo, aparece el propio César.



Ahora, entonces, es cuando cobra sentido eso de católico, apostólico y romano.

El oficio de los niños

domingo, 16 de noviembre de 2008
- De mayor quiero ser trabajador de poner ladrillos -afirmaba yo, de pequeño, según la versión de mis padres.

Y ahora supongo que me estaría lamentando. Por la crisis del sector, digo. Mejor hubiese elegido ser inversor de dinero ajeno o afanador del mismo (algo sobre lo que hablaré otro día). Pero en este post no pretendía hablar de mí o, por lo menos, no de mí y ahora sino de mí siendo niño, de los niños en general y de mis niños vecinos en particular.

Pues que, de la misma manera que a mí me hacía ilu ser trabajador de poner ladrillos, el vecino de arriba debe querer parecerse a Antonio Canales. Y para ello, algún cabrón le ha debido regalar zapatos sonoros que, no sé si servirán para bailar, pero sí para hacer ruido. Y se los pone a cualquier hora pero insiste en las horas de siesta. En las que debería haber siesta, me refiero, porque cuando el dichoso niño se pone a bailar no hay vecino que pueda echar una cabezadita. Que, digo yo, ¿no les molestará también a sus padres y abuelos? Porque la casa es de sus abuelos y, por suerte para nosotros, el niño no vive baila de continuo, sólo cuando a sus padres se les ocurre hacernos una visita a todos los vecinos. Porque de la visita nos enteramos todos. ¡Vaya que sí!

Pero no es el único. Tenemos otro. Pared con pared (además, la pared de la siesta). Este lleva unos zapatos más normales pero... ¡ay, el daño que nos está haciendo la televisión! Que si Fernando Alonso por aquí, que si Fernando Alonso por allá... y, claro, al niño le han comprado una moto de esas de Moltó. Y entrena en casa. Además, le han debido quitar las alfombras para que no derrape y oiga mejor el rodar de la moto sobre el suelo. Debe ser para que se vaya haciendo a las sensaciones. ¡Pero es que yo también las noto, señora!

Lo que no me explico es cómo no les molesta también a ellos, a sus padres y abuelos, a no ser que decidan dejarles sólos en casa cuando les ponen los zapatos y les acercan la moto. Ya me estoy imaginando la situación...

- Pichurri, vete abriendo la puerta que le estoy poniendo los zapatos al niño.

- Mira, Pascualín, tienes la moto en la habitación del fondo, cuando mami cierre la puerta cuentas hasta cincuenta y entonces ¡sólo entonces! puedes ir a por ella.

Estoy pensando que a partir de estas Navidades va a empezar a venir a casa mi sobrino imaginario. Sí, el brutote, al que tanto le gusta tocar tambor y trompeta. A la vez. Pero a éste no le dejamos sólo, no; habrá que acompañarle con dos tapaderas y... bueno, alguna idea más se me ocurrirá después de leer la propaganda del ToysRus que he visto que tenemos en casa. Mañana mismo comenzamos los ensayos. ¿Alguien más se apunta?

La imagen del arbañil está sacada de la Wikipedia, como la mayoría de las veces.

Pasta al pesto

domingo, 9 de noviembre de 2008


Pues nada, que este sábado he hecho pasta al pesto siguiendo una receta que por ahí me he encontrado, pero un poco modificada, esto es, que no tengo esto, pues pongo lo otro, que me confundo en una medida, digo que es mi toque personal y listo. En cualquier caso, es algo muy fácil de hacer y muy rápido. Además, es algo que suele gustar... excepto a la vecina de abajo, la de la terraza, la que se puso hecha una furia al ver los restos encima de sus plantas.

Empecemos, entonces. Unas pistas para hacer pasta al pesto.

Ingredientes (para 4-6 personas, depende de lo que coman):

  • 500 gr. de Tagliatelle / espagueti / garbanzini

  • 50 gr. de albahaca fresca / albahaca seca al gusto a ojímetro

  • 100 gr. de margarina

  • 200 gr. de nata líquida

  • 150 gr. de queso parmesano rallado

  • 2 dientes de ajo pelados

  • un puñado de pasas / piñones


Preparación:

En un recipiente hierve la pasta en abundante agua con sal (lo ideal -dicen- es 1 litro de agua y 1 gr. de sal por cada 100 gr. de pasta). Unos 8 minutos tarda en estar "al dente" (que no sé lo que es, pero son 8 minutos).

Mientras se cuece la pasta puedes ir preparando el pesto. Introduce el resto de los ingredientes (la pasta no puede ser, la tienes cociendo en... anda, échale un ojo que se te va a sobrar) en un mismo recipiente, añade sal a tu gusto y mézclalos con la batidora hasta conseguir una crema homogénea y espesa.

Escurre la pasta y sírvela en una fuente; si puede estar caliente, mejor. Encima echa la crema, a temperatura ambiente... tal cual la tienes, vamos. Y ya puedes empezar a comer.

Vale, la receta es clara y sencilla excepto eso de calentar la fuente ¿cómo voy a hacerlo? La puedes poner un rato al sol (si tienes suerte y tienes sol) o la puedes frotar muy rápido con algo rugoso que no haga estallar el recipiente. No vale una lima, por ejemplo, pero sí un trapo de cocina que deberías mover... ¿a la velocidad de la luz del sonido? Es cierto que también podrías meterlo al horno, pero poner a funcionar el mismo sólo para calentar la dichosa fuente... no me convence (a no ser que de segundo vayas a cocinar al gato). Así que, quizás lo mejor sea que pongas la fuente tal y como la sacas del armario. Más importante que que esté caliente es que esté limpia.

A propósito, ¿"pesto" será por el pestazo a ajo que te queda en el aliento si, en vez de hechar un par de dientes, echas una cabeza entera?

¡Ah! ¿La imagen? Por supuesto que no es mía (se me olvidó sacar la foto pertinente). La foto del artículo es de Daniel K. Gebhart.

La importancia de un buen periódico

martes, 4 de noviembre de 2008
No suelo comprar periódicos nunca compro periódicos, de hecho, ni siquiera cojo los gratuitos que reparten en la boca del metro, todas las mañanas, cuando voy de camino al trabajo. Sin embargo, hoy me he dicho:
- ¿Llueve? Pues es tiempo de coger periódicos.

A priori, puede parecer una frase sin ningún sentido. Todo lo contrario. La importancia de un buen periódico es fundamental para el día a día de la persona trabajadora y multidisciplinar. Lo mismo te sirve para envolverte el bocadillo de media mañana, que para metértelo debajo del maillot cuando bajas, pedaleando, alguna pronunciada pendiente, que para usarlo de deshumidificador de zapatillas. Mano de santo, oigan.

Es más, puedo asegurar que incluso hay gente que lo lee; ¿que no lo creen? No tienen mas que acercarse a cualquier Ayuntamiento durante las primeras 6 horas de la mañana.

Y no, no me he metido en ninguna ciénaga, aunque tengo que reconocer que cuando me he enfrentando al charco donde he metido la pezuña esta tarde, entre el color del agua y la longitud que tenía aquello, he sentido miedo. Y ganas de darme la vuelta, claro.

Por eso he metido el izquierdo. Es el malo.

La intención es lo que cuenta

lunes, 3 de noviembre de 2008
Hace un par de semanas, cuando Marisa -mi suegra- volvió de uno de sus períodos de vacaciones, y por acallar -supongo- a la maldita conciencia que se nos despierta a todos antes de volver de nuestro destino de vacaciones y, sobre todo, si es un lugar nuevo... Esa maldita conciencia -decía- es la que nos obliga a comprar delantales bordados (vergonzosos hasta para las despedidas de solteros), gallos de colores (que ni cantan, ni predicen el tiempo, ni nada), mantecados resecos (ni dejándolos en remojo la noche anterior se vuelven jugosos)... es decir, lo que los comerciantes del lugar han decidido que se convierta en típico.

De hecho, hace ya algún tiempo pude asistir a una reunión de comerciantes en un pueblo de la costa mediterránea que aspiraba a convertirse en turístico. La transcribo aquí:
- A ver... un poco de orden. Necesitamos algún producto que nos identifique... ¿alguien tiene alguna idea? -comenzó diciendo el presidente.

- Yo, yo -se revolvía nervioso el más jóven-, tengo una idea genial -sentenció-. Podíamos poner de moda los calcetines con sandalias.

- Mal comienzo -dijo el que estaba a su lado-, el turismo nacional no me extrañaría pero no creo que los ingleses y alemanes que nos visitan, con toda su clase, acepten semejante memez.

Tomó de nuevo la palabra el pastelero-presidente.

- Camisetas de Benidorm, navajas de Albacete, los toros... de Osborne, el cántaro ese típico de Toledo... no sé, quizás, algo relacionado con la alimentación...

- Yo propongo unas pastas de té que reboten -propuso uno del fondo.

- No puede ser -replicó el charcutero- eso ya lo sacaron los del pueblo de al lado hará cosa de dos años.

- ¿Y si usamos cemento en vez de harina para hacerlas? -insistió el mismo.

Se me estaba haciendo pesado; además, me iban a cerrar la tienda donde debía acallar a mi propia conciencia, así que allí les dejé, buscando la mejor manera de darse a conocer.

Pues eso, de la misma manera -supongo- la de Marisa también le gritaba antes de volver a casa. Nosotros ya le habíamos dicho que no la hiciese caso, que se pone muy pesada y total, ¡para nada! Que no tenemos más sitio ni en los altillos ni en el camarote, que es donde van a parar todos esos presentes. Sin embargo, la mujer -que no quería volver con las manos vacías- entró en una pastelería y con su dinero y toda su buena intención nos compró un par de napolitanas de chocolate. Algo que dificilmente se guarda en un cajón.
- Para que desayunéis -dijo.

Más de lo mismo. Napolitana porque vendría de Nápoles y de chocolate porque, de la misma manera que las mujeres hace ya algunos años, tomaban el apellido del marido ésta, al venir de Nápoles, y como me consta que en Nápoles son muy clásicos, seguía manteniendo el apellido del marido: de chocolate. ¿Qué exagero? Sólo hay que fijarse en la foto; y sin esforzarse mucho, además.

¡Ah! Y tengo que aclarar que no hay ratones en mi casa... que los mordiscos que se aprecian en la foto son mios, y que nos desayunamos las dos napolitanas... O lo que fuesen. Eso sí, para ser sincero debo decir que las pobres venían muy sedientas, y que se bebieron todo el tazón de leche antes de que pudiésemos incarles el diente.

El viaje, que debió ser largo.