No hay más que mirarme los dedos de los piés para darse cuenta del poder colorífico de la arena de esta playa. Unos pocos metros desde el coche hasta la toalla y, al tumbarme, los tenía como se ven en la foto.
Pero no venía yo a esto. El caso es que poco antes de volvernos a casa estaba sentado en mi toalla disfrutando de unos templados rayos de sol cuando, por el rabillo del ojo, he visto que se acercaba trotando cual asno desbocado un chaval gitano desnudo de unos 9 ó 10 años. En el momento que ha saltado sobre mi toalla (dejando marcado su sucio pié) me he vuelto y le he soltado una hostia en el pecho. No le ha debido gustar porque se ha revuelto y me ha gritado, dulcemente:
- ¡Puto calvo!
Me he quedado, sin más, contemplándole mientras un compañero suyo -que, debido a un peso ligeramente mayor al de su predecesor, llegaba un poco más tarde- aseguraba:
- Es un maleducado... No le hace caso a nadie.
Ahora, ya más calmado, y recapacitando sobre el hecho sólo se me ocurre decir:
- ¡Mierda de gitano!
Es que, por más vueltas que le doy, no se me ocurre otra cosa, oye.