Érase que se era una bellísima persona, atenta, detallista, amigo de sus amigos... que se metió a
repostero. No es que se pusiese el gorro de chef (tampoco lo necesitaba, no tenía un pelo de tonto) y pretendiera dedicarse a ello profesionalmente; no, no era eso, la historia es de otra manera. Comienza un buen día, cuando
nuestro chef abrió uno de los armarios de la cocina vió algo, le sorprendió y preguntó:
-
Armarito, armarito, ¿desde cuando tienes tú esa latita de leche condensadita?-
Desde cuando, no sé -le respondió (o eso creyó nuestro protagonista)-,
pero lo que sí te diré es hasta cuando: hasta el mes que viene, ¡porque caduca!Así que
cheferemo recurrió a toda la sabiduría que había estado recopilando durante años, se relajó, se sentó delante del ordenador y escribió:
Guadobles. Punto. San Google. Punto. Sí.
Y
San Google presentósele, y preguntole -con un guiño, con un parpadeo apenas perceptible- que
qué carajo queríale, que tenía algo más de
16 millones de preguntas esperandole (note el lector que la anterior palabra es llana) ser respondidas. Y nuestra bellísima persona pidiole recetas en las que la
leche condensada fuese uno de sus ingredientes. Y el santo muestróselas. Y la atenta persona eligiole
una. Y púsosele a si mismo (creo que me estoy liando) manos a la obra.
Comenzó a buscar los ingredientes y fué
tocar los huevos y decidir que iba a cambiar algunos ingredientes, porque
le salió de los mismos. Es más, incluso se estiró y retocó la receta original (o retocola, dicho más exactamente). Vamos como al principio (principiole) pero con un par de minúsculas modificaciones. Total, ésta:
Bizcocho de leche condensada
Ingredientes:
- 3 huevos grandes (tamaño L)
- 100 grs. de panela (azucar moreno)
- un sobre de levadura
- 275 grs. de harina

- un vaso de café
- un bote de leche condensada de 340 grs. (yo eché la mitad de uno de 750 grs.)
- un brick de nata líquida de 200 grs.
Encendemos el horno a 200 grados y dejamos que se caliente mientras mezclamos los ingredientes.
Con la batidora batimos los huevos con el azúcar y, cuando ya estén bien mezclados, añadimos la levadura con la harina tamizadas (pasadas por un colador), el café, la leche condensada y la nata. Batimos hasta que el preparado sea completamente homogéneo.
Untamos de mantequilla el molde en el que vamos a cocinar el bizcocho y lo
espolvorearemos con una ligera capa de harina.
Volcamos la mezcla sobre el molde y lo introducimos en el horno durante 40 minutos a 180 grados.
Desmoldamos y dejamos enfriar.

El bizcochito tenía buena pinta, inclusó subió y subió y subió... y
subió tanto que se vulcanizó, es decir, que se le abrió un crater en la cocorota, con su humo y todo. Al finalizar el tiempo

reglamentario,
después del pitido final, nuestro detallista chefero le abrió la puerta del horno para que el bizcochito craterizado pudiera salir.
Miró a un lado y a otro y se animó a salir, pero cuando vió el percal, cuando vió que se lo iban a comer,
le entró un agobio del copón y se deprimió.
A ver si la próxima se esmera más nuestro... amigo de sus amigos.