Me acerqué el viernes al Conservatorio de Música sin muchas pretensiones; la verdad. "Un sólo actor que interpreta a 24 personajes distintos" no es algo que suene nada mal, pero que sea un "monólogo basado en un texto de finales del XVI" es algo que me daba bastante miedo. Es cierto que me gustan los monólogos; claro que asocio monólogo y humor, y esos son los que he habituado. Pero el hecho de que estuviese basado en La Celestina... 24 personajes hablando en un lenguaje incompresible -pensé.
¿El precio? El habitual: 3 euros. ¿La asistencia? Lo habitualmente triste en estos viernes culturales: unas
En el escenario una tela extendida sobre él dejaba únicamente espacio, en el centro, a una poltrona. Y nada más. La idea con la que venía a la función se reforzaba. Karlos -me dije-, seguro que te duermes. Haz que no se note.
Sin embargo, a los dos minutos estaba plenamente enganchado. La impresionante capacidad de metamorfosis del actor, Álvaro Lalín, ayudándose de cambios en su voz, de su postura sobre la poltrona y de los gestos de la cara hizo que desfilaran por allí los 24 personajes (ó 20 ó 30, no los conté, pero fueron muchos). Calisto dialoga con el actor que le interpreta en una de sus últimas representaciones, y es este diálogo el que da pie a que el propio Calisto recuerde... y cuente cómo ha vivido (sí, vivido) las vidas de los actores que le han representado, encima del escenario, en la plaza del pueblo y en la habitación que alquilase para dormir. ¿Es el actor el que interpreta al personaje o es el personaje quien escoge al actor?
Supongo que otras personas tendrán su mérito (director, encargados de vestuario, iluminación...), sin embargo quien brilló encima del escenario fue a Álvaro Lavín... altamente recomendable.