De hecho, hace ya algún tiempo pude asistir a una reunión de comerciantes en un pueblo de la costa mediterránea que aspiraba a convertirse en turístico. La transcribo aquí:
- A ver... un poco de orden. Necesitamos algún producto que nos identifique... ¿alguien tiene alguna idea? -comenzó diciendo el presidente.
- Yo, yo -se revolvía nervioso el más jóven-, tengo una idea genial -sentenció-. Podíamos poner de moda los calcetines con sandalias.
- Mal comienzo -dijo el que estaba a su lado-, el turismo nacional no me extrañaría pero no creo que los ingleses y alemanes que nos visitan, con toda su clase, acepten semejante memez.
Tomó de nuevo la palabra el pastelero-presidente.
- Camisetas de Benidorm, navajas de Albacete, los toros... de Osborne, el cántaro ese típico de Toledo... no sé, quizás, algo relacionado con la alimentación...
- Yo propongo unas pastas de té que reboten -propuso uno del fondo.
- No puede ser -replicó el charcutero- eso ya lo sacaron los del pueblo de al lado hará cosa de dos años.
- ¿Y si usamos cemento en vez de harina para hacerlas? -insistió el mismo.
Se me estaba haciendo pesado; además, me iban a cerrar la tienda donde debía acallar a mi propia conciencia, así que allí les dejé, buscando la mejor manera de darse a conocer.
Pues eso, de la misma manera -supongo- la de Marisa también le gritaba antes de volver a casa. Nosotros ya le habíamos dicho que no la hiciese caso, que se pone muy pesada y total, ¡para nada! Que no tenemos más sitio ni en los altillos ni en el camarote, que es donde van a parar todos esos presentes. Sin embargo, la mujer -que no quería volver con las manos vacías- entró en una pastelería y con su dinero y toda su buena intención nos compró un par de napolitanas de chocolate. Algo que dificilmente se guarda en un cajón.
- Para que desayunéis -dijo.
Más de lo mismo. Napolitana porque vendría de Nápoles y de chocolate porque, de la misma manera que las mujeres hace ya algunos años, tomaban el apellido del marido ésta, al venir de Nápoles, y como me consta que en Nápoles son muy clásicos, seguía manteniendo el apellido del marido: de chocolate. ¿Qué exagero? Sólo hay que fijarse en la foto; y sin esforzarse mucho, además.
¡Ah! Y tengo que aclarar que no hay ratones en mi casa... que los mordiscos que se aprecian en la foto son mios, y que nos desayunamos las dos napolitanas... O lo que fuesen. Eso sí, para ser sincero debo decir que las pobres venían muy sedientas, y que se bebieron todo el tazón de leche antes de que pudiésemos incarles el diente.
El viaje, que debió ser largo.
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