La intención es lo que cuenta

lunes, 3 de noviembre de 2008
Hace un par de semanas, cuando Marisa -mi suegra- volvió de uno de sus períodos de vacaciones, y por acallar -supongo- a la maldita conciencia que se nos despierta a todos antes de volver de nuestro destino de vacaciones y, sobre todo, si es un lugar nuevo... Esa maldita conciencia -decía- es la que nos obliga a comprar delantales bordados (vergonzosos hasta para las despedidas de solteros), gallos de colores (que ni cantan, ni predicen el tiempo, ni nada), mantecados resecos (ni dejándolos en remojo la noche anterior se vuelven jugosos)... es decir, lo que los comerciantes del lugar han decidido que se convierta en típico.

De hecho, hace ya algún tiempo pude asistir a una reunión de comerciantes en un pueblo de la costa mediterránea que aspiraba a convertirse en turístico. La transcribo aquí:
- A ver... un poco de orden. Necesitamos algún producto que nos identifique... ¿alguien tiene alguna idea? -comenzó diciendo el presidente.

- Yo, yo -se revolvía nervioso el más jóven-, tengo una idea genial -sentenció-. Podíamos poner de moda los calcetines con sandalias.

- Mal comienzo -dijo el que estaba a su lado-, el turismo nacional no me extrañaría pero no creo que los ingleses y alemanes que nos visitan, con toda su clase, acepten semejante memez.

Tomó de nuevo la palabra el pastelero-presidente.

- Camisetas de Benidorm, navajas de Albacete, los toros... de Osborne, el cántaro ese típico de Toledo... no sé, quizás, algo relacionado con la alimentación...

- Yo propongo unas pastas de té que reboten -propuso uno del fondo.

- No puede ser -replicó el charcutero- eso ya lo sacaron los del pueblo de al lado hará cosa de dos años.

- ¿Y si usamos cemento en vez de harina para hacerlas? -insistió el mismo.

Se me estaba haciendo pesado; además, me iban a cerrar la tienda donde debía acallar a mi propia conciencia, así que allí les dejé, buscando la mejor manera de darse a conocer.

Pues eso, de la misma manera -supongo- la de Marisa también le gritaba antes de volver a casa. Nosotros ya le habíamos dicho que no la hiciese caso, que se pone muy pesada y total, ¡para nada! Que no tenemos más sitio ni en los altillos ni en el camarote, que es donde van a parar todos esos presentes. Sin embargo, la mujer -que no quería volver con las manos vacías- entró en una pastelería y con su dinero y toda su buena intención nos compró un par de napolitanas de chocolate. Algo que dificilmente se guarda en un cajón.
- Para que desayunéis -dijo.

Más de lo mismo. Napolitana porque vendría de Nápoles y de chocolate porque, de la misma manera que las mujeres hace ya algunos años, tomaban el apellido del marido ésta, al venir de Nápoles, y como me consta que en Nápoles son muy clásicos, seguía manteniendo el apellido del marido: de chocolate. ¿Qué exagero? Sólo hay que fijarse en la foto; y sin esforzarse mucho, además.

¡Ah! Y tengo que aclarar que no hay ratones en mi casa... que los mordiscos que se aprecian en la foto son mios, y que nos desayunamos las dos napolitanas... O lo que fuesen. Eso sí, para ser sincero debo decir que las pobres venían muy sedientas, y que se bebieron todo el tazón de leche antes de que pudiésemos incarles el diente.

El viaje, que debió ser largo.

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