Y ahora supongo que me estaría lamentando. Por la crisis del sector, digo. Mejor hubiese elegido ser inversor de dinero ajeno o afanador del mismo (algo sobre lo que hablaré otro día). Pero en este post no pretendía hablar de mí o, por lo menos, no de mí y ahora sino de mí siendo niño, de los niños en general y de mis niños vecinos en particular.
Pues que, de la misma manera que a mí me hacía ilu ser trabajador de poner ladrillos, el vecino de arriba debe querer parecerse a Antonio Canales. Y para ello, algún cabrón le ha debido regalar zapatos sonoros que, no sé si servirán para bailar, pero sí para hacer ruido. Y se los pone a cualquier hora pero insiste en las horas de siesta. En las que debería haber siesta, me refiero, porque cuando el dichoso niño se pone a bailar no hay vecino que pueda echar una cabezadita. Que, digo yo, ¿no les molestará también a sus padres y abuelos? Porque la casa es de sus abuelos y, por suerte para nosotros, el niño no vive baila de continuo, sólo cuando a sus padres se les ocurre hacernos una visita a todos los vecinos. Porque de la visita nos enteramos todos. ¡Vaya que sí!
Pero no es el único. Tenemos otro. Pared con pared (además, la pared de la siesta). Este lleva unos zapatos más normales pero... ¡ay, el daño que nos está haciendo la televisión! Que si Fernando Alonso por aquí, que si Fernando Alonso por allá... y, claro, al niño le han comprado una moto de esas de Moltó. Y entrena en casa. Además, le han debido quitar las alfombras para que no derrape y oiga mejor el rodar de la moto sobre el suelo. Debe ser para que se vaya haciendo a las sensaciones. ¡Pero es que yo también las noto, señora!
Lo que no me explico es cómo no les molesta también a ellos, a sus padres y abuelos, a no ser que decidan dejarles sólos en casa cuando les ponen los zapatos y les acercan la moto. Ya me estoy imaginando la situación...
- Pichurri, vete abriendo la puerta que le estoy poniendo los zapatos al niño.
- Mira, Pascualín, tienes la moto en la habitación del fondo, cuando mami cierre la puerta cuentas hasta cincuenta y entonces ¡sólo entonces! puedes ir a por ella.
Estoy pensando que a partir de estas Navidades va a empezar a venir a casa mi sobrino imaginario. Sí, el brutote, al que tanto le gusta tocar tambor y trompeta. A la vez. Pero a éste no le dejamos sólo, no; habrá que acompañarle con dos tapaderas y... bueno, alguna idea más se me ocurrirá después de leer la propaganda del ToysRus que he visto que tenemos en casa. Mañana mismo comenzamos los ensayos. ¿Alguien más se apunta?
La imagen del arbañil está sacada de la Wikipedia, como la mayoría de las veces.
3 comentarios:
mi ausente aita era albañil de ladrillo duro,masa elaborada y trabajada y de tabiquería fina...una sufrida profesión a la cuál le azota de pleno la crisis....Y ELLA TE AZOTA EL CUERPO cada vez q tienes q levantar una pared azulejar toda una superficie y demás historias de currelas...muuuuu duro por eso decidi estudiar,,,el cuerpo te lo agradece mucho más.....y a tus vecinos con hijos y nietos q levantan hasta los muertos de sus tumbas mejor q les pases un presupuesto para insonorizar sus viviendas...ahorrarás energia y sacarás beneficio doblemente( por un lado te aislas de la agonia ruidosa q proyectan hacia tu persona y por otro lado ganas dinero...q más quieres????)
los niños es lo q tienen.....y lo q les dejan hacer????? solución 2ª:
"CASA EN EL CAMPO AISLADA DEL MUNDANAL RUIDO"......
yolanda. Estudiar es cosa de otros tiempos, donde esté un buen jamón...
En cuanto a la casa del campo... me falta empuje.
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