- Sácame a dar una vuelta, que me viene muy bien a mí; pero que aún te va a venir mejor a a ti.
Y hoy, por fin, después de tenerla algún tiempo encerrada en su armarito (*) la he sacado para que me ayudase a luchar contra los malosos gusanos que se esconden debajo de las puertas. Claro que, después de ese "algún tiempo", los gusanos se habían hecho fuertes (y grandes, alguno incluso pasaba por culebra) y tuvimos que recurrir a ayuda especializada.
- ¡Déjamelo a mí! -se revolvió cuando vio que entre los dos no coneguíamos nada. Y es que, aunque lo parezca, no se le va la fuerza por la boca.
Saltó sobre su propio cable de corriente y, estruendosa, salió de la habitación en dirección a quién sabe dónde, dejándome en un confortable silencio. No duró mucho la paz. Al momento noté que se acercaba, mejor dicho, oí que se acercaba. La acompañaba su amiga la lija. Áspera. Seca. Silenciosa.
- ¡Estos se van a cagar! -dijo la aspiradora mientras la lija, diligente, se acoplaba entre mis dedos y comenzaba su tarea.
O no.
(*) Note el avezado lector que el autor de estas líneas pretende pasar de puntillas y sin aclarar cuánto tiempo es, para él, el "algún tiempo" al que se refiere cuando habla del cautivero de la aspiradora. Lo mismo es mucho tiempo.
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