Porque ayer, con nuestro juego, hicimos desaparecer las fronteras provinciales; ganamos, sí, una unión para esta España desgajada por la política. Sufrimos, pero vencimos, porque todos somos la selección, todos somos España.
Triste. Muy triste me parece que seamos capaces de enborregarnos de semejante manera, que destinemos tanta energía en apoyar un deporte politizado, dirigido y en el que se invierte tanto dinero. Me da vergüenza ver cómo el país aplaude a unos trabajadores a los que se les pagan sueldos estratosféricos por jornadas de masajes y se les prima por hacer su trabajo. Porque su trabajo no consiste en jugar al futbol, sino en ganar partidos. A mí me pagan por hacer bien mi trabajo, no por trabajar. Bochornoso.
¿Y de su esfuerzo? Que no digo que no se esfuercen pero, ¿y el resto de deportistas? ¿Cuántas horas han dedicado los medios de comunicación, por ejemplo, al último Ironman de Lanzarote? ¿Es que los triatletas se esfuerzan menos? ¿Y los piragüistas? ¿Y los judokas? Y tantos otros. Quizás es que estos futbolistas hayan hecho alguna heroicidad y yo no sea capaz de verlo. Quizás mañana lo consiga, o pasado mañana. A lo mejor. A lo mejor es la envidia que me corroe y no me deja disfrutar de éste nuestro triunfo. Sí, quizás sea sólo eso. Es posible que, mañana, cuando me levante a las 6:30 de la mañana para ir a trabajar, cuando piense que no tengo trabajo fijo y una hipoteca que pagar, entonces, piense que sí, que son mis héroes y que hoy estaba equivocado.
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