Ignacio de Loyola

domingo, 11 de mayo de 2008
Toda la vidad he oído el dicho ese que dice que "Todo depende del color del cristal con que se mire"; y es cierto, aunque también es verdad que la altura de la cuna donde nazca uno marca la gama de colores de cristal de que se dispone. Y eso es, precisamente, lo que pasó con Ignacio de Loyola.

Nació Iñigo Yáñez de Oñaz y Loyola en el seno de una familia adinerada. Como era el menor de trece hermanos tenía que dedicarse a algo productivo, nada de contemplar las musarañas o dedicarse a sober ruidosamente la sopa boba. En su juventud su protector, Juan Velázquez de Cuéllar, le ayuda a decidirse. Las armas y la corte son lo mío -se diría, digo yo, el algún momento de su farragosa vida como cortesano-. Y así va transcurriendo su vida. Pero, en 1521, cuando se encontraba defendiendo Pamplona de los expulsados unos años antes, una oportuna bala de cañón le roza un lugar delicado... le pasa por entre las dos piernas. Quizás querría escapar, como el barón de Münchhausen; las balas, y más si son de cañón, acojonan a cualquiera... pero el barón fue mucho barón.

Las crónicas cuentan que la lectura de los dos únicos libros disponibles durante su encamado cautiverio hicieron que se replantearan su vida. Y fue a partir de entonces cuando, una vez revisada su vida pasada, decide hacer penitencia de ella. Y estudia. Y cambia radicalmente de forma de vida. Se despoja de toda riqueza superficial, viaja, sigue estudiando, se dedica a enfermos, estudiantes... Crea los Ejercicios Espirituales y forma la Compañía de Jesús.

Hizo muchas cosas buenas (a los hechos hay que remitirse), pero también haría muchas malas. Me consta. Las personas somos así. Queda claro que ha sido un referente para mucha gente pero, yo me pregunto, ¿hubiese llegado tan alto si su cuna hubiese tenido las patas más cortas?

0 comentarios:

Publicar un comentario